domingo, 9 de agosto de 2026

La MalaBarista



 

A Priscila nunca se le dio bien preparar café en aquella sofisticada y hermosa cafetera expresso. Tenía demasiados botoncitos, un manómetro, una balanza para pesar con precisión quirúrgica los granos, un rociador para darles el nivel exacto de humedad, filtros y accesorios para cada método de preparación y, para colmo, un color blanco impecable que desentonaba descaradamente con su cocina de tonos oscuros.

En cambio, con su querida y veterana greca todo era distinto. Bastaban el café, el agua y la memoria de las manos. Sin fórmulas, sin rituales y, sobre todo, sin manual de instrucciones. De aquella cafetera siempre salía un cafecito honesto, aromático y dispuesto a reconciliarla con el mundo.

Priscila ya había perdido la cuenta de las veces que su paciente esposo intentó enseñarle a dominar la sofisticada "blancucha". Explicación tras explicación, demostración tras demostración, ella seguía mirándola como quien intenta descifrar el tablero de mando de una nave espacial. Su corteza prefrontal jamás mostró el menor entusiasmo por aprender semejante ceremonia; bastante trabajo tenía ya lidiando con todos los saltimbanquis que hacían piruetas dentro de su cabeza.

Collage por @mayecollage

martes, 23 de junio de 2026

Sir Seriote, el amargado




Cabalgando sobre su querida "Querubina",  y armado con su pintoresco pero muy eficiente escudo, Sir Seriote, el amargado, custodiaba la pila de "cuentos escurridizos para niños olvidadizos" que tenían a disposición de los más pequeños de la comarca. 

Su ceño fruncido y sus quejas constantes mantenían a raya a todo el mundo, haciendo honor a su puesto en los Caballeros de la Mesa Oxidada.

Sin embargo, cuando las sombras de la apatía amenazaron con devorar el conocimiento sobre el amor, el amargado caballero no lo dudó: alzó su espada de antiácido, bloqueó el peligro con su efervescente defensa y salvó el día en un parpadeo.

—Ugh, otra vez salvando el mundo. Qué fastidio —refunfuñó mientras se acomodaba el cono de papel de su cabeza, ocultando tras un largo suspiro el latido de su noble y valiente corazón.


Collage de @mayecollage

lunes, 22 de junio de 2026

El PrinciPillo





Corona de oro, modales de pillo,

gobernaba el reino el gran PrinciPillo.

Amante de lo ajeno y de la mofeta,

vaciaba arcas con mano secreta.

Pero se le acabó el jueguito, lo pescaron in fraganti,

le quitaron las joyas, el oro y el brillante.

Hoy llora en su trono, de gloria despojado,

un monarca sin saldo, triste y atrapado.


Collage por: @mayecollage

sábado, 30 de mayo de 2015

Aanisa y los siete cuentos (2)




Sólo cuatro hojas le faltaron a Aanisa para terminar el capítulo XI, el último de aquel aburrido cuento que ella y Zoco el elefante decidieron abandonar.

Todos los personajes de esa historia sabían que Aanisa era una princesa muy valiente, diligente e ingeniosa, cualidades que seguramente la llevarán a encontrar la verdadera historia de su vida. Lo que no sabían era que tenía la costumbre de contar hojas para dormir.

Zoco, un tanto desanimado, se sentó a esperar en la página 51.

-Te lo dijeeeeee- gritaron las ovejas desde la página 25.


Foto: Jardines de la Universidad Simón Bolivar, Caracas.

jueves, 30 de abril de 2015


                                                            El Hatillo - Caracas



Antonieta siguió al pie de la letra las instrucciones de uno de los retos para convertirse en Hada, que le dió el Caballero de la Mesa Ovalada:

-Al llegar a la sala,
verás al Señor Mandala.

Si le bailas y le cantas
y le vuelves a bailar,
pegas 3 brinquitos,
le cuentas un secreto y sonries sin parar,
haciendo una reverencia
mientras cuentas hacia atrás...

Él te dará tus alas. 

jueves, 23 de abril de 2015

El Perezoso

                                                   Urb. El Cigarral - Caracas
                                                       Foto de Carlos Rubio
                                                http://rubiocarlos.blogspot.com/

Ya se había convertido en una peligrosa costumbre el dejarse llevar por los efectos de aquella poción mágica, que le había obsequiado una extraña y misteriosa visitante del bosque. Siguendo al pie de la letra sus instrucciones, el ingenuo mamífero agregaba cada día unas cuantas gotas a sus hojas de Eucalipto, lo que le hacía sentír pesado, muy pesado, como el Elefante. Al principio parecía una buena manera de evitar preocupaciones, por aquello de que hay que tomarse la vida con calma, pero eso de ser el animal más lento de todos, ya no le parecía nada gracioso.

El Perezoso, harto de ser presa fácil de mordiscos y picaduras, debido a su incapacidad para correr y huir de sus indolentes predadores, se propuso acabar de una vez por todas con esa situación. Fué así como un día, decidió anular los efectos de aquella ridícula poción con la ayuda de sus amigos del bosque.

Bastaron unas cuantas sesiones de meditación de la mano de la señorita Garza, clases de hipnosis dadas por un experto, el Dr. León y recomendaciones para cultivar la paciencia, cortesía de Doña Araña y el Perezoso ya estaba listo para acabar con el conjuro.

Aquella mañana, armado de paciencia y valor, logró persuadir a las gotas de la mágica poción para que se unieran a la ruidosa fiesta que tenían en el bosque, sus parientes lejanas, las gotas de lluvia.

jueves, 19 de marzo de 2015

A Antonieta le gustaban los sapos...


Floripondio

Después de muchos años, Antonieta regresó a la casa de Santa Teresa antes de que la vendieran. Quería despedirse del lugar donde había transcurrido su infancia. Al llegar, subió a la platabanda, donde estaba uno de sus rincones favoritos: la piscina. De niña le parecía un lago inmenso; ahora yacía vacía, cubierta de hojas secas. Los mosaicos, antes azules, parecían un enorme crucigrama gris, y las grietas hablaban del paso del tiempo. Junto a los restos del trampolín recordó a sus hermanos lanzándose con piruetas, pese a los regaños de Ña Carmen, su mamá.

Siguió recorriendo la vieja casa con los ojos llenos de recuerdos: los salones, las ventanas, el patio donde daba el laboratorio de su padre. Fue allí, en un rincón, donde la vio: la gran jaula de los sapos. Apenas quedaba una armazón oxidada, pero bastó para que la invadiera la nostalgia y regresara a su memoria el sapo más bello del mundo: Floripondio.

La infancia de Antonieta había transcurrido entre juegos, escuela, familia... y sapos. Mientras casi todos los encontraban feos, ella los adoraba. Floripondio era su favorito: grande, rechoncho, de piel color turrón de chocolate y ojos tristones. Además, era el más atento, porque cuando ella cantaba o bailaba, él parecía no perderle la mirada.

Su padre era bioanalista, y a Antonieta le fascinaba curiosear en el laboratorio. Los frascos de colores y los aparatos extraños llamaban su atención, pero nada le gustaba más que observar a los sapos inflar la garganta y escuchar su peculiar croar, que ella imitaba con tanto entusiasmo que hasta su abuela la mandaba a callar.

Un día le preguntó a su padre por qué tenía tantos sapos. Él le explicó que segregaban un "líquido mágico" utilizado para realizar las pruebas de embarazo. En aquellos años, esa era la única forma de saber si una mujer esperaba un bebé. Para su padre eran valiosos asistentes de laboratorio; para Antonieta, criaturas amables con un misterioso don para adivinar la llegada de una nueva vida.

Muchas horas felices pasó conversando con sus sapos, especialmente con Floripondio. Tal vez él era su príncipe azul, pero, a pesar de quererlo tanto, a Antonieta nunca se le ocurrió darle un beso.


Para Papá.

Fotos:
Arriba: Paseo los Ilustres, Caracas
Abajo: Jardines Topotepuy, Caracas