Cabalgando sobre su querida "Querubina", y armado con su pintoresco pero muy eficiente escudo, Sir Seriote, el amargado, custodiaba la pila de "cuentos escurridizos para niños olvidadizos" que tenían a disposición de los más pequeños de la comarca.
Su ceño fruncido y sus quejas constantes mantenían a raya a todo el mundo, haciendo honor a su puesto en los Caballeros de la Mesa Oxidada.
Sin embargo, cuando las sombras de la apatía amenazaron con devorar el conocimiento sobre el amor, el amargado caballero no lo dudó: alzó su espada de antiácido, bloqueó el peligro con su efervescente defensa y salvó el día en un parpadeo.
—Ugh, otra vez salvando el mundo. Qué fastidio —refunfuñó mientras se acomodaba el cono de papel de su cabeza, ocultando tras un largo suspiro el latido de su noble y valiente corazón.
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