domingo, 9 de agosto de 2026

La MalaBarista



 

A Priscila nunca se le dio bien preparar café en aquella sofisticada y hermosa cafetera expresso. Tenía demasiados botoncitos, un manómetro, una balanza para pesar con precisión quirúrgica los granos, un rociador para darles el nivel exacto de humedad, filtros y accesorios para cada método de preparación y, para colmo, un color blanco impecable que desentonaba descaradamente con su cocina de tonos oscuros.

En cambio, con su querida y veterana greca todo era distinto. Bastaban el café, el agua y la memoria de las manos. Sin fórmulas, sin rituales y, sobre todo, sin manual de instrucciones. De aquella cafetera siempre salía un cafecito honesto, aromático y dispuesto a reconciliarla con el mundo.

Priscila ya había perdido la cuenta de las veces que su paciente esposo intentó enseñarle a dominar la sofisticada "blancucha". Explicación tras explicación, demostración tras demostración, ella seguía mirándola como quien intenta descifrar el tablero de mando de una nave espacial. Su corteza prefrontal jamás mostró el menor entusiasmo por aprender semejante ceremonia; bastante trabajo tenía ya lidiando con todos los saltimbanquis que hacían piruetas dentro de su cabeza.

Collage por @mayecollage